Tulipán

by Leo Boix

 

Cuando tenía ocho años, mi tía me regaló un bulbo de tulipán que había traído de un viaje a Bariloche. Era verano en mi casa suburbana de Buenos Aires. Antes de plantarlo, debía guardarlo en una bolsa bien sellada, oscura, y dejarlo en la heladera por varias semanas. “Para imitar el invierno de donde vienen”– me dijo. El bulbo me pareció enorme, jaspeado, imponente, quería verlo de inmediato como planta: en flor. Lo guardé en el rincón más alejado de la heladera, lejos de las manos de otros. Y esperé impaciente. En una pequeña maceta que encontré en el jardín preparé despacio la tierra negra, le agregué arena. El bulbo dormía aún su sueño de invierno. Cuando llegó el momento de sacarlo de su bolsa, lo planté sin demora. Cada día, después de volver del colegio, buscaba varios cubos de hielo de la nevera y los trituraba sobre la maceta. “Para replicar el invierno”– me decía. Y el bulbo comenzó a mostrar lento su primera hoja envuelta, semi dormida. Y de las hojas verdísimas y espigadas salió un tallo muy fino. Una mañana antes de ir a la escuela vi por primera vez la flor abierta: Naranja y amarilla. Mi mamá me sacó una foto parado bajo el sol, abrazando la maceta con el tulipán patagónico. Sonreía. La foto la he perdido, pero el momento lo recuerdo aún hoy intacto. En Inglaterra sigo plantando tulipanes, en un intento irremediablemente fútil para repetir  aquel momento iniciático.