Himenópteros

by Leo Boix

 

 

Por la ventana entrabierta miraba la plaza a media sombra. Las fachadas de los terrace todas iguales, la mitad con el sol de abril que pegaba de tangente. Había unos nenes azorados jugando en las hamacas. Todo era orden. Dos mujeres sentadas en un banco, los perros bajo el roble de la iglesia protestante. Las mucamas salían en busca de la boca del Tube que las llevara a Elephant & Castle o al London Bridge. Volvió a mirar por la ventana. La sombra del sol se había movido, impercertible. Unas abejas, que no había notado segundos antes,  rozaron la única planta de camelias rojo eléctrico en el balcón hacinado. Las observó minuciosamente. Las patas gastadas de polen. El ruido de los cuervos en las antenas satelitales allá fuera. ¿A quién le hablaban? La plaza le pareció más vacía que nunca. Ni autos había en Myddelton Square. Sonó el reloj a campanadas de la iglesia y todo se nubló, así tan de repente. Las abejas desaparecieron como por arte de magia. Se acomodó de costado en la celosía negra, aspiró lento el humo del cigarrillo hasta que el viento lo devolvió a ese presente. ¿El presente? Sonaba la radio, concierto a media tarde y la hora marcaba el revés desde adentro. Al salir, horas más tarde, cerró preciso con doble vuelta de llave, como si lo hubiera olvidado todo. Y la ventana que seguía como entreabierta en lo alto de la casa, frente a toda esa plaza en orden. Los pájaros, habían dejado de aullar.