La dactilógrafa

by Leo Boix

 

La historia dice así: en la oficina con ventanales vidriados al Támesis, abierta a la inmensidad de las Casas del Parlamento y la desprevenida Torre del Big Ben, ella teclea semi-dormida la traducción de la charla del convenio del acuerdo que esperaba firmarse esa misma tarde. La llamaron desde la sala conferencia. Miró por la ventana el amanecer sucio del día que despintaba por la Abadía, su cesto plástico de la basura intacta. Los ojos semi-cerrados aliento adentro. Los zapatos poco lustrados. Sobre la mesa: unos papeles arreglados, dos lapiceras multicolores, un anotador casi nuevo, almanaque desalmado, una cajita de chicles mentolados comprados en la esquina de Lambeth Bridge. En las paredes no había nada. Toda inmensidad. La empleada dactilógrafa seguía allí sentada en la silla giratoria que no giraba. Tanto cronograma preparado, tanta sensibilidad oficina y ella concentrada- ¿podrán creerlo?- en el insecto del rincón del espejo que evitó la desinfección devastadora de la limpiadora nocturna de Cali. Eran las 7.12, los pasillos del corredor seguían vacíos, las computadoras brillaban. Tanta soledad y ella como dormida en las alas del coleóptero.