Poema ladino

by Leo Boix

 

 

Sentada en la silla, el sol arrumbado. Atardecía en San Mauro Castelverde. María miraba a su madre coser en el patio de la casa de piedra. Sonaban las campanas de la iglesia del pueblo católico y miserable. En verano Sicilia parecía en llamas. María, pequeña, contaba las habas en el piso de polvo. Le gustaban los pistachos con sal, las almendras. La madre, con el pañuelo negro en la cabeza, silenciosa, cosía bajo la parra, olvidando las horas. Fuera se escuchaba el hastío de la siesta inmunda. A María la madre le había contado una historia antigua. De una familia itinerante, que hablaba el idioma ladino, expulsados ellos, venían de Salónica en Grecia, y antes de España, habían llegado en barco a Palermo y de allí a San Mauro. El miedo a la muerte los dejó sin opciones, se hicieron conversos. A María le gusta que su madre le cuente la misma historia. Una y otra vez. Porque después del cuento ella le canta la misma canción de cuna, en ese idioma que no entiende por completo: “Decilde a la morena/ si quere vinir/ La nave ya sta ‘n vela/ que ya va a partir/ Morenica”. No sabe- o tal vez imagina- que la historia es la de ella y los suyos, que los viejos Mizraji, los itinerantes, los expulsados, fueron los mismos que cambiaron su antiguo apellido por el de Amoroso. El verano de Sicilia lo quema todo. María murió tubercolosa, cincuenta años más tarde, en un suburbio polvoriento de Buenos Aires. Nadie supo de su sangre sefaradí. Sin embargo, en su lecho de muerte, rodeada por la familia devota, de rosarios con olor a rosa mosqueta y cruces con ramas de olivo, le salió de algún lado, como si fuera otra, la frase de despedida: “La nave ya sta ‘n vela/ Morenica…”