Pericles

by Leo Boix

 

 

La hiedra de Boston trepa por la pared lateral de la casa. Las ramas peladas, que se han dividido como estrechos de ríos anárquicos, como venas de un enfermo, ya esconden los primeros augurios de la primavera en unas pequeñas hojas verde-azules, que cubrirán para el verano, toda la pared de ladrillos húmedos. En un rincón, la maceta de la camelia roja, demasiado grande para el lugar, marca el sitio exacto donde se abren las verjas de entrada. El pedregullo está helado. Las madreselvas comenzaron a dar los brotes de febrero. Son las 6.30 de la mañana. El niño yace muerto, debajo de la hiedra trepadora. Murió anoche, mientras todos dormían. Se dejó caer lentamente, sin saber que allí estaba la errática camelia a punto de dar sus flores, de la hiedra de Boston, que en pocos meses transformaría de repente la pared. Sin embargo y antes de morir se nombró: “Pericles Plantagenet”. En el lugar exacto donde hallaron su cuerpo, un cascarudo erecto, imperturbable, duerme escapando de las últimas heladas del invierno.