La cazadora

by Leo Boix

 

La casa estaba semioscura. Los muebles, que con la luz de las lámparas se habían desdoblado en formas geométricas, brillaban sobre la madera gastada del cedro. Una luz pálida, recién prendida, asomaba por la ventana del living, marcando las sombras del jardín desordenado por el otoño boreal. Detrás de la verja, las ardillas se habían escondido en sus madrigueras de hojas que comenzaban a pudrirse, dormidas en un círculo casi perfecto de pelaje gris acerado. Ya no quedaban flores en el jardín. Y de entre los plátanos casi pelados, los faroles de la calle iban apareciendo con su luz anaranjada. El viento del norte había comenzado a soplar desde la mañana temprano, improvisando recorridos entre las esquinas del este de Londres. Cuando comenzó a caer la lluvia fina, los autobuses se fueron llenando de trabajadores, de amas de casa, de chicos que volvían de la escuela, de pasajeros anónimos. Contra el vidrio de la ambulancia alocada se asomaban los enfermeros de verde, doblados por la luz artificial que les hacía brillar los rostros sudados. Llevaban al moribundo en trance. Detenida entre las sombras, la chica de negro merodeaba entre los arbustos y las madreselvas sin hojas. Llevaba guantes tejidos, zapatos de cuero desparejo. Quería hablar, revelar el secreto. Miró por la ventana, había llegado el invierno. Del otro lado de la calle, por la ventana, la pareja discutía a los gritos el desapego, el silencio acumulado. Las casitas se fueron prendiendo dentro, dejando ver los interiores recargados, las cenas en plena preparación. La chica de negro se había trepado a la verja. Crujieron las hojas secas entre sus zapatos. Faltó que la noche se abriera en sus manos, aunque los perros lobos que la esperaban certeros la devoraron más tarde, ni bien dejó de funcionar el último tren del Tube londinense.