Héctor y Ana

by Leo Boix

En el pequeño jardín las arverjillas en flor. Los brotes de un verde casi azul se trepan a los alambres de la pared.  El jazmín se ha metido por la ventana y algunas ramas llegan a tocar la biblioteca de Héctor y los retratos con fotografías en blanco y negro. La gardenia, con las hojas quemadas por el sol abrazador de diciembre, esconde entre sus pimpollos abiertos, amarillentos, los mosquitos dormidos. El perfume cálido entra a la casa y se siente hasta en la cocina, donde Ana prepara el amuerzo mientras el gato se frota zizagueante entre sus piernas y el delantal. En la televisión, las noticias del mediodía que nadie escucha. Héctor baja el toldo de lona, porque el sol del mediodía quema el piso de cerámicas rojas y amenaza el frescor del comedor dentro. Entre las margaritas y las fresias, el tero sigue, inmutable, su recorrido repetido, de aquí a allá. Las gazanias en las macetas pintadas, el resplandor vertical del verano. El único sonido en el jardín de las chicharras escondidas entre las plantas, y los gorriones, que se han subido a la terraza sucia, cantan desde la soga donde cuelga la ropa blanca recién lavada. El cardenal en la jaulita. En la biblioteca, los sillones blancos gastados, el olor a flores perfumadas, a carne a la plancha de la cocina, a casa limpia. Los libros dormidos. El reloj y el tic-tac. Por la ventana Héctor se asoma para hacer una broma, la piel bronceada del jardinero. Se ríe desde su jadín. Chancletas viejas, pantalón corto demasiado grande. El pelo blanco, despeinado. Entra rápido a lavarse las manos en el bañito de cerámicas blancas y negras. La mesa está servida. Bife, ensalada de tomate rojo y ajo, soda fresca y vino. La panera tiene algunas galletitas de agua y grisines. Llama al michi, que se sube a su regazo, a la espera de las sobras. Está casi sordo, y de un ojo quedó medio ciego porque se pelea por las noches con los gatos del barrio. Mientras comen Ana mira sonriente a Héctor, tanta vida juntos compartida. El oasis de los ritos domésticos. Tiene el pelo más blanco que él. Se saca el delantal mojado y se sienta en su silla-hamaca preferida, de mimbre y pino. La memoria del pasado. Y sin saberlo, el tiempo se les ha acabado.