El piano de la infancia

by Leo Boix

Miró por la ventana. La lluvia caía con fuerza, las alcantarillas tapadas por las hojas de los plátanos londinenses, y los charcos que crecían, sucios, marcando el ritmo de las gotas espesas, oblicuas por el viento. La señora Goldblat sentada en su sillón preferido, el cuero gastado, mientras el gato dormía una siesta pesada. La luz que entraba en la habitación, tenue a esa hora del día, iluminaba como un espejo partido los pequeños objetos de la repisa. Cerámicas chinas, libros desordenados, fotos del pasado, piedras geodas. Por la radio, escondida en una de las mesitas de caoba, sonaba una sinfonía de Brahms. El fuego de la chimenea marcaba el ritmo de una tarde quieta. La señora Goldblat recordaba Berlín antes de la guerra, los amigos del club literario, las sesiones de piano en la Waldermarstrasse, los paseos por Mariannenplatz, los conciertos, los viajes de verano a Suiza, a Italia. La guerra. El escape a Londres. La familia que dejó atrás y que nunca volvió a ver. Fuera llovía con fuerza. El gato se desperezaba con un ronroneo uniforme, mientras con las patas extendía la forma de su cuerpo encorvado. La anciana trató de pensar en rostros del pasado, imaginó diálogos que ocurrieron, se le escapaban los nombres, los lugares, hizo memoria, imaginó el cielo de verano en su Mitteleuropa. La música llenó la habitación ahora semioscura, iluminada sólo por los reflejos del carbón encendido. La señora Goldblat apagó la radio y se sentó frente al piano, que comenzó a tocar despacio con los ojos cerrados, mientras movía los labios. Repetía sus rutinas a diario. Le dolían las manos, los huesos con artritis, la humedad de Londres en los años que le pesaban. El piano de la infancia. El gato, que se había despertado por el ruido de las notas, la miraba con ojos entrecerrados desde el sillón, hipnotizado. La lluvia cesó de repente y el cielo se volvió anaranjado sobre los techos del East End. El reloj de la biblioteca marcaba las 3.35pm. Era viernes de diciembre, la señora Goldblat había dejado de tocar el piano. Y cuando llegó la noche, la nieve comenzó a caer.