El último verano

by Leo Boix

Buscando libros de segunda mano en las mesas frente a la Filmoteca de Londres, frente al Támesis amarronado, dio con una colección de poemas de T.S.Elliot que compró sin dudarlo. Las páginas amarillas, las ilustraciones casi borradas. Subió a la bicicleta y recorrió junto al río el camino que había hecho tantas veces de regreso a casa, enfocándose en la hilera de lamparitas, que como guirnaldas, colgaban apagadas desde los faroles majestuosos. Frente a la Tate Modern, atestada de gente a pesar de la hora, vio como el sol se iba poniendo oblicuo por detrás de la tarde. Los turistas cruzaban el puente del Milenio, sacando fotos al Puente de la Torre y al enorme Shard, que se erigía como una pirámide antigua a la distancia. Buscó una calle que lo dejara en Borough y de allí cruzó el puente de Londres hacia el East End. El vértigo de los edificios enormes de la City financiera lo rodeó de inmediato, como si se hubiera adentrado en un mar oscuro, gélido. En la mochila llevaba, además del libro de poemas, algunas postales de la colección de cuadros del Courtauld Institute que había elegido especialmente para mandar a la familia, y una caja con regalos para los compañeros del club de nado. Sonaba el teléfono celular, pero el ruido del tráfico iba tapando el pitido agudo, que como ahogado, emanaba desde el interior del bolso. Cuando llegó a la estación de Liverpool Street comprobó en el reloj de la torre, que sólo eran las 7. Sobre el primer piso de los autobuses, las caras de los pasajeros aburridos mirando como zombies el río de autos y gente que cruzaba hacia Spitalfields. De repente, el cielo se encendió de rosa en la última tarde de verano. Cuando llegó a casa lo primero que hizo fue regar el jardín sediento, que le devolvió, como embrujado , el olor a jazmines, madreselvas y las últimas lavandas.