Letras, peripecias

cuentos, poesias, relatos, ideas

Month: September, 2012

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Caperucita

 

La nena con el tapadito rojo, recién ha aprendido a caminar. Está sola en la calle de London Fields. Nadie la ha visto escapar de casa. Busca descubrir el universo más allá del Regent’s Canal. Los cuervos y las urracas la miran desde los arces inciertos. La pequeña está sola por la vereda. Nadie la ha visto aprovechar la puerta abierta. Se fue como un gato. Lleva unos zapatitos de cuero lustrados y una blusa blanca recién estrenada. La nena se metió en la selva de cemento. Y por el canal los barquitos que pasan como si nada.

Partida

 

La casa

dormida

la trepadora

en sueño

cascabelito

con la noche, las hojas encendidas

detrás de la glicina

tierra seca

música

de cascarudos

entre las sillas

la cena ausente

las servilletas mal dobladas

cascaritas de naranja

la sirena

que maúlla

como sigilosa

las ardillas

escapan

al incendio

abatidas

disgregan

sobre la importancia

del jardín

en otoño

Cuando llegó el temporal

que deshizo

la memoria

la ciudad

seguía

brillosa, fingida

las hileras

de los autos

como espejos

las alcantarillas

tapadas

Y hacía rato

que

las aves migratorias

habían

dejado

Londres

 

 

Microrrelato

 

El perro se ha quedado dormido en el sillón viejo, junto a la chimenea. Repiquetean las brasitas. Se puso oscuro de repente. Y por la ventana, el hombre sin paraguas que batalla contra la fuerza del invierno.

Equinoccio

Hubiera

preferido

la lluvia

cae

oblicua

sobre el estanque

el acentor

escondido entre las hojas

pelea

con el carbonero

la salvia

sigue en flor

aunque la tormenta

de otoño

nos sorprendió, de repente

desde el cielo

se fueron los vencejos

al Sur

el fuego, en la chimenea

quema

las

ideas

y el eucaliptus

marcó la forma

del viento

Desde temprano

vino el sueño

trajo desastres

la ciudad dormida

-Hubiera querido.- dice el hombre sin cabeza.

entre las manos

cascaritas de naranja

piel de coleóptero

verano

sin mariposas

prímulas

Y cuando llegue la noche

nos vestiremos de fiesta

para baliar

hasta

que

nos haya tragado

el mar

Héctor y Ana

En el pequeño jardín las arverjillas en flor. Los brotes de un verde casi azul se trepan a los alambres de la pared.  El jazmín se ha metido por la ventana y algunas ramas llegan a tocar la biblioteca de Héctor y los retratos con fotografías en blanco y negro. La gardenia, con las hojas quemadas por el sol abrazador de diciembre, esconde entre sus pimpollos abiertos, amarillentos, los mosquitos dormidos. El perfume cálido entra a la casa y se siente hasta en la cocina, donde Ana prepara el amuerzo mientras el gato se frota zizagueante entre sus piernas y el delantal. En la televisión, las noticias del mediodía que nadie escucha. Héctor baja el toldo de lona, porque el sol del mediodía quema el piso de cerámicas rojas y amenaza el frescor del comedor dentro. Entre las margaritas y las fresias, el tero sigue, inmutable, su recorrido repetido, de aquí a allá. Las gazanias en las macetas pintadas, el resplandor vertical del verano. El único sonido en el jardín de las chicharras escondidas entre las plantas, y los gorriones, que se han subido a la terraza sucia, cantan desde la soga donde cuelga la ropa blanca recién lavada. El cardenal en la jaulita. En la biblioteca, los sillones blancos gastados, el olor a flores perfumadas, a carne a la plancha de la cocina, a casa limpia. Los libros dormidos. El reloj y el tic-tac. Por la ventana Héctor se asoma para hacer una broma, la piel bronceada del jardinero. Se ríe desde su jadín. Chancletas viejas, pantalón corto demasiado grande. El pelo blanco, despeinado. Entra rápido a lavarse las manos en el bañito de cerámicas blancas y negras. La mesa está servida. Bife, ensalada de tomate rojo y ajo, soda fresca y vino. La panera tiene algunas galletitas de agua y grisines. Llama al michi, que se sube a su regazo, a la espera de las sobras. Está casi sordo, y de un ojo quedó medio ciego porque se pelea por las noches con los gatos del barrio. Mientras comen Ana mira sonriente a Héctor, tanta vida juntos compartida. El oasis de los ritos domésticos. Tiene el pelo más blanco que él. Se saca el delantal mojado y se sienta en su silla-hamaca preferida, de mimbre y pino. La memoria del pasado. Y sin saberlo, el tiempo se les ha acabado.

Rosa trepadora

 

 

La tarde

se enciende

hacia el barco

que draga

la costa

amarilla

piedritas orilleras

cascabeles con alas

Por eso

tanta impaciencia, devela

el cielo

que imagina

contra el cerco

las lámparas sucias

las señoras roídas

que se tragó

el horizonte

en la inclemencia

del tiempo

sin sol

llueve para atrás

hasta el rosal

plantado

debajo

de la

piel

Y las agujas

del reloj

se detuvieron

en el momento

exacto

de la locura

Goodwin Sands

 

Debajo del agua

turbia

el frío, las algas desprendidas

cuerpo desdoblado

la estatua de sal

detrás no hay nada

las gaviotas

lisonjeras, crepitan

Sin olas

la luz

que se apaga

debajo del agua

cuando imagina

las formas

dibujadas

Corrientes marinas

en la inmensidad

de septiembre

y

el sueño

del naufragio

que se tragó

la

Historia

El piano de la infancia

Miró por la ventana. La lluvia caía con fuerza, las alcantarillas tapadas por las hojas de los plátanos londinenses, y los charcos que crecían, sucios, marcando el ritmo de las gotas espesas, oblicuas por el viento. La señora Goldblat sentada en su sillón preferido, el cuero gastado, mientras el gato dormía una siesta pesada. La luz que entraba en la habitación, tenue a esa hora del día, iluminaba como un espejo partido los pequeños objetos de la repisa. Cerámicas chinas, libros desordenados, fotos del pasado, piedras geodas. Por la radio, escondida en una de las mesitas de caoba, sonaba una sinfonía de Brahms. El fuego de la chimenea marcaba el ritmo de una tarde quieta. La señora Goldblat recordaba Berlín antes de la guerra, los amigos del club literario, las sesiones de piano en la Waldermarstrasse, los paseos por Mariannenplatz, los conciertos, los viajes de verano a Suiza, a Italia. La guerra. El escape a Londres. La familia que dejó atrás y que nunca volvió a ver. Fuera llovía con fuerza. El gato se desperezaba con un ronroneo uniforme, mientras con las patas extendía la forma de su cuerpo encorvado. La anciana trató de pensar en rostros del pasado, imaginó diálogos que ocurrieron, se le escapaban los nombres, los lugares, hizo memoria, imaginó el cielo de verano en su Mitteleuropa. La música llenó la habitación ahora semioscura, iluminada sólo por los reflejos del carbón encendido. La señora Goldblat apagó la radio y se sentó frente al piano, que comenzó a tocar despacio con los ojos cerrados, mientras movía los labios. Repetía sus rutinas a diario. Le dolían las manos, los huesos con artritis, la humedad de Londres en los años que le pesaban. El piano de la infancia. El gato, que se había despertado por el ruido de las notas, la miraba con ojos entrecerrados desde el sillón, hipnotizado. La lluvia cesó de repente y el cielo se volvió anaranjado sobre los techos del East End. El reloj de la biblioteca marcaba las 3.35pm. Era viernes de diciembre, la señora Goldblat había dejado de tocar el piano. Y cuando llegó la noche, la nieve comenzó a caer.