Museo de la Infancia

by Leo Boix

La casa vacía. Desde las ventanas, el parque oblicuo y los plátanos verdísimos como telón. Los lomos de los libros desdoblados, las letras bañadas por el sol de la tarde, revestidos del otoño incipiente. El rayo de luz marcaba en la pared, como filigranas, las sombras de la lila sin flor, de la clematis montana y del cerezo. Las filas de autos por Old Ford Road, que hacían vibrar los vidrios de las ventanas, desaparecían hacia el este, detrás del Terrace. El Museo había cerrado sus puertas, pero dentro, los juguetes bailaban fuera de sus vitrinas, subidos como locos a los rieles de las balustradas victorianas. Una muñeca isabelina giraba, en trance, junto a un trompo de madera pintado con colores. Y las figuras de los mosaicos externos, que despertaban de su sueño, dibujaban con sus formas, el entramado oculto del mundo de la memoria. El verderón posado en el comedero, sin saberlo, se había convertido en el único testigo de semejante osadía. Volvíamos a Londres en el tren despacio con el verano en la piel dorada, aletargados de tanto silencio. Y los juguetes que seguían su fiesta maldita.